La araña
En una pared hecha con piedra caliza, desmoronándose con el pasar del tiempo, la falta de cuidado, una farola a ella pegada, su luz temblorosa, tras tantos años de estar ahí, sin mantenimiento alguno, sus enganches desgastados, medio sueltos por los avatares del viento, las lluvias fuertes, las pedradas de los niños, también de algunos mayores, no vamos a negarlo, habitaba una gran araña, negra, peluda, merodeando y tejiendo una gran telaraña, para los insectos que se atrevían cruzarla sin permiso, ella, siempre atenta, cuando alguno a ella se quedaba pegado, lo envolvía con metros y metros de saliva hilada, hasta formar un capullo para posteriores momentos y su consumo. La gente, sobretodo en verano, en esas noches calurosas de verano de charla en la mecedora, o simplemente en la misma acera, escuchando las viejas y repetidas historias de los abuelos, observaban como esa telaraña cada vez era más grande, hasta convertirse en una especia de vela, agujereada por el centro, quizás por alguna de las pedradas o algún pájaro despistado que la atravesó en su vuelo. En la penumbra, justo al girar la esquina, una pareja de jovenzuelos intentando hacer algo de eso que no les dejan hacer con la presencia de sus padres, alguno de esos besos robados, esas manos que intentar explorar la anatomía del otro, con un oído puesto a que nadie se fugara de las aventuras de los abuelos y les pillara desprevenidos en sus exploraciones prohibidas... Una voz, rompiendo la monótona historia mil veces repetidas, grita, sin romper la calma, mirad ahí arriba, muchas arañitas, pequeñas, negras como su madre, saliendo desde algún agujero entre el tejado y la pared, dirigiéndose hacia la gran telaraña, llena de capullos llenos de insectos...
Toni Oliver
