lunes, 25 de noviembre de 2024

Las plumas de la inocencia

Las plumas de la inocencia


Le llamaban Calimero, si, ya sé que es el nombre de una serie de dibujos animados, pero es que el personaje es muy parecido, un incomprendido en una sociedad de adultos, donde todo lo que se le ocurre hacer está mal hecho, pero no decae en el intento, él, quiere ser él, no el objeto que han planeado para su persona.


Calimero, de mente libre como el viento, veía el mundo de los adultos como un auténtico absurdo, intentaba entenderlos, pero le prohibían hablar mientras los mayores lo hacían, pero cuando él lo intentaba le callaban la boca, con un potente ¡Calla! Deja hablar a los mayores que son los que saben.


Eso le dolía mucho, él quería decir su opinión, hacer preguntas dialogar con ellos, pero era algo imposible, ni siquiera se preocupaban de saber como se sentía, ni tan siquiera de si existía, hasta cuando intentaba decir algo, que siempre le mandaban callar.


Se sentía invisible, decidió pasar de la gente adulta y vivir el mundo tal como el lo deseaba, no como veía.


Lo que veía era un mundo de esclavos, trabajando de sol a sol, sin tiempo para él ni para nadie, su padre llegaba cansado, apenas, en este estado se le podía decir nada, si lo hacías respondía a gritos o te “invitaba” a que te fueras lejos de él.


Mientras todos los niños correteaban, gritaban, jugaban, pero había algo en ellos, ya estaban cogiendo la costumbre y la cara de enfado de sus padres, del resto de adultos, no se puede estar con niños y jugar con ellos cuando siempre están enfadados con todo el universo, poco a poco se convirtió en un niño solitario, no jugaba con nadie, pero sí lo hacía con él mismo y su imaginación.


Voló con su avión de papel, sobre la casa donde vivía, se fue alejando, abajo se veía el mar, las montañas que dejaba atrás, volaba por encima de las águilas, éstas le saludaban con algún que otro vuelo en círculo alrededor de su hermoso avión de papel, el avión volaba sin ruido, un vuelo suave somo si se moviera entre sedas, así estuvo por tiempo indefinido, se olvidó de ese raro invento llamado “tiempo”, también de los adultos, sus malas caras, de su invisibilidad, ahí, en ese vuelo todos los pájaros le sonreían.


En su cabeza pensó que podía volar como ellos, agitó los brazos como si fueran alas, al poco se dio cuenta que se le habían llenado de plumas, los agitó con más fuerzas, ahí empezó su primer vuelo, como pájaro, aprendió del águila que vio al principio, seguía sus movimientos, cuando se giró, ahí estaba el águila enseñándole como planear para descansar sus brazos, ahora ya alas. Estuvieron jugando un buen rato, así aprendió a desenvolverse en el aire, aprovechar los vientos, las capas térmicas, etc. Si bien todo esto no era para pensarlo, sino ir jugando, aprendiendo cada día más y más.


Ya siendo pájaro, no había fronteras, ni calles, ni puertas, se veía un mundo precioso desde lo alto, hacia arriba, las estrellas, la luna, el sol. Subió por encima de las nubes, todo un mundo de algodón a sus pies, imaginó que podía posarse encima para descansar, como si fueran un colchón muy blando. Así se pasaba las noches, mirando las estrellas como parpadeaban. La luna, le sonreía, le iluminaba en la oscuridad. Incluso, con ella hablaba de lo absurdo de los adultos, esos seres raros, enfadados, sin tiempo para esos niños que trajeron al mundo.


Empezaron a filosofar y a preguntarse cosas que no entendían. Como, por ejemplo, por que se tienen niños sino pueden atenderlos, porqué trabajan si no tienen tiempo para

ellos, ni de dormir tan siquiera, se acuestan y no descansan pensando en que ya mismo tienen que levantarse, se levantas enfadados con ellos mismos, con los que tienen al lado, con el mismísimo universo.


La luna se convirtió en su aliada, un día le dijo a Calimero que subiera a verla de cerca, él, ni corto ni perezoso movió sus alas, empezó a remontar fuera de la atmósfera, podía respirar perfectamente, nadie le había contado que ahí afuera no se podía respirar por falta de aire, voló y voló hasta que a la luna llegó, al verla tan inmensa alucinaba, pero también sentía una enorme felicidad, su sonrisa le envolvía toda la cara, los ojos le brillaban tanto que daba igual si estaba en la parte oscura o en la que le da el sol, sus ojos iluminaban todo lo que había delante de ellos, se sentía feliz y tan contento como un niño chico al descubrir cosas nuevas, era lo que realmente estaba haciendo. Empezó a explorar, andando y volando con sus alas. Divisó una entrada hacia una caverna, como buen volador aterrizó en la misma entrada,ahí, caminando atravesó la entrada.


Dentro, al principio estaba todo oscuro, pero al pensar que podía ver perfectamente sin luz, como por arte de magia todo se iluminó, sin sombras, era como una luz extraña, pero que dejaba verlo todo. Se adentró, sin miedo a nada, al principio todo eran piedras, rocas, estalactitas y estalagmitas, de repente, un gran lago en su interior, desde lo alto se veía inmenso, azul, como se ve el mar en la tierra, como azul se veía el techo de la cueva, no se veían estrellas, pero si peces saltando fuera del agua, algunos inmensos, como los seres míticos que contaban en los cuentos, no, esos no se los contaban sus padres, sino los abuelos el poco tiempo que estaba con ellos. Ahora le vino el recuerdo, se veía acostado en un pequeño camastro, su abuelo, con su abuela al lado, le iba leyendo los cuentos hasta que se dormía, si al acabar él no lo había hecho, empezaba ella, a veces tampoco les bastaba, en este caso ya se los inventaban, hasta que acababa rendido y se dormía. Volvamos al lago y sus peces, era precioso verlos saltar, perseguirse, entretenerse...


Le hizo ilusión jugar y saltar con ellos, emprendió el vuelo desde casi la cúpula de la cueva hacia el lago, se acordó de que no sabía nadar, pero imaginó que sí podía hacerlo, entró empicado, como hacen las aves pescadoras, al entrar en el agua se sintió como una sirena, podía nadar perfectamente, respirar bajo el agua, no envidiaba a los peces saltarines, se convirtió en uno más. Se puso a jugar con ellos, como si no hubiera mañana, al cabo de un buen rato, el tiempo no existe, se sentía cansado.


En el fondo del lago encontró un banco de algas, se recostó sobre ellas, se sentía cómodo, nunca había estado dentro del agua ni mucho menos buceado, saltado, tampoco conocía esa sensación de ingravidez, no tardó en dormirse un rato.


Se despertó cuando unos lunáticos peces le estaban empujando para jugar con él. Al principio se asusto un poco, pero al ver su sonriente cara, se alegró y animó. Todos empezaron a nadar por todos los rincones del lago, incluso sus cuevas, que las tenían como lugares secretos donde los adultos no se adentraban y les dejaban tranquilos, lugares preciosos, llenos de emociones a cada momento. Apareció un nuevo amigo, de color rojo y azul, con patas, pinzas y aletas, los otros peces le llamaban el Mordazas, era casi más rápido que ellos, a pesar de sus des-uniforme cuerpo, desafiando así las leyes físicas, como la abeja, dicen los ingenieros que con ese cuerpo no puede volar, pero lo hace.


Se adentraron en otra cueva, esta vez era una selva acuática, bajo el agua, curiosamente se veían volar los pájaros, saltar a los monos de árbol en árbol, leones, elefantes abriéndose camino y los demás seres que conocemos en la tierra, pero con la peculiaridad de que aquí se combina un mundo acuático con otro terrestre, pero en el

mismo sitio.


Calimero no se hace preguntas, simplemente disfruta de todo este mundo nuevo, es tiempo de divertirse, no de pensamientos filosóficos. Ha descubierto un juguete nuevo, su mente, imaginar algo y así es, así se vive, así se siente, no existe el pasado, ni el futuro, sólo ese presente, sin adultos con sus caras largas, su permanente enfado, su falta de tiempo, aquí nada de eso hay. No hay imposibles, nadie te dice que no hay dinero para comprarlo, que hay que trabajar para conseguirlo. Tampoco se siente hambre ni necesidad alguna de comer, tampoco de beber. Imaginas, lo puedes hacer o tener.


Tampoco hay normas, ni leyes, nada de eso se conoce, los peces no se comen entre ellos, se dedican a jugar, explorar, aprender, es más, nunca se plantean dañar a alguien.


Patinó Calimero al pisar una de las rocas que cedió bajo sus pies, le dolía el golpe, se le ocurrió poner las manos sobre la herida, en segundos se calmó, ahí se dió cuenta de que él mismo se podía sanar, sin médicos, ni jeringas, esas horrorosas agujas que usaban para poderte las vacunas o cuando estabas malito para ponerte alguna medicación, ahora era su propio sanador, lo hacía cada vez que sufría algún golpe, o se hacía alguna herida, funcionaba, no sabía ni el como, ni el porqué, pero funcionaba y, lo más curioso, ni se lo planteaba. Su única misión y preocupación, que no era tal, disfrutar.


Mordazas le dijo, hay que salir de aquí, vamos afuera de las cuevas, pero no por donde hemos venido, ahora vamos a ser simplemente energía, podremos atravesar las piedras, hasta viajar al mismísimo centro de la tierra, simplemente con desearlos.


Se convirtieron en una especie de luz que iba atravesando todas las rocas, pasando por entre la lava de los volcanes, grandes ríos subterráneos que los atravesaban sin resistencia alguna, las aguas estaban frías, pero la temperatura no les afectaba. Seguían adentrándose, cada vez más y más, hacia el centro de la luna atravesando las capas que la forman.


En un momento, el vacío, pero como eran simplemente energía no había ningún problema, abajo, un bosque, todo tipo de árboles, entre ellos, unos seres diminutos, parecidos a los humanos, todo el tiempo cantando, por ciertos, unas canciones muy bonitas, armónicas, una música que tranquilizaba a cualquiera, hasta a ellos que eran simplemente energía, danzaban felices. Se dieron cuenta de su presencia sin cuerpo, pero sí siendo luz, les invitaron a seguirlos con sus danzas, cada uno volvió a su forma original, el pez cangrejo con sus colores, rojo, azul, sus fuertes mordazas y sus raras aletas.


Se pusieron a bailar, incluso les dejaron algunos instrumentos nunca visto para que intentaran tocarlos, eran de cuerda, somo si fueran guitarras muy raras, algún tipo de flauta, también muy raro, formas indescriptibles, ni tienen ningún punto de comparación para poder hacer comparación alguna.


Curiosamente, sin tener ni idea de como tocar estos instrumentos, los tocaban a las mil maravillas, como si lo hubieran hecho toda la vida, eso hacía que la fiesta se animara más de lo que ya estaba.

De dentro las ramas de los árboles aparecieron una especie de luciérnagas, inmensas, que iluminaban a todos, incluso la de otros seres vestidos como si fueran finas sedas, semitransparentes, que al ser iluminados eran como si fueran hadas apareciendo en la fiesta, su voz era muy suave, pero se sentía perfectamente como si cantaran directamente a la oreja, enamoraban al escucharlas. Cambiaban de vez en cuando de oreja y otra hada aparecía en la otra cantando otra canción, también melódica y muy

agradable, pero algo curioso había, no se interferían unas con otras, la mente no mezclaba, la claridad de sus voces era impresionante, se podían escuchar todas, como si lo hicieras una a una, pero todas a la vez sin que la calidad del sonido de unas estorbara a las de las otras.


Aparte de tocar Calimero y Mordazas, probaron de cantar, no reconocían su voz, era muy bella, suave y con una potencia enorme, se maravillaron de sentirse a ellos mismos, no les costaba nada, simplemente se dejaban fluir, seguir los acontecimientos, cuanto más hacían algo, que desde el principio ya lo hacían bien, más mejoraban.

Se dieron cuenta que podían subir a los árboles sin esfuerzo, saltar de uno a otro sin miedo ni caerse, nada era difícil, tampoco necesitaba esfuerzo alguno, no paraban de jugar, reír, sonreír, ahí estuvieron mucho tiempo. Un día, el más anciano, que a Calimero le recordaba a su abuelo, pero en diminuto, les dijo que se sentaran un rato con él.


Le preguntó: ¿Calimero, tu que haces aquí, cómo has dejado la casa de tus padres y has emprendido ese viaje?


Calimero le contestó: Vivía en un mundo absurdo, todos hablaban de la “felicidad”, pero siempre estaban enfadados, trabajaban como esclavos, nunca tenían tiempo para mi, no me dejaban hablar, ni preguntar, así que un día, decidí desaparecer dentro de mi mente y vivir todo lo que ellos no se atrevían.


El anciano, piensa un rato, luego le pregunta: Pero ellos te estarán buscando, ¿Lo has pensado?


Pues sí, pero sin mucho interés en saber la respuesta, si cuando estaba era invisible, tampoco se habrán dado cuenta de que no estoy.


El anciano, tras pensarlo, dice, tienes razón, total, para vivir en un mundo absurdo, cuando todo podría ser felicidad, pues cada uno de nosotros la lleva dentro de serie, pero nos olvidamos de ello, la buscamos fuera como si fuera un objeto. Que eso es lo que hacen para manejar a la humanidad, que busquen la felicidad como si fuera una cosa que se puede encontrar en cualquier parte, pero trabajando mucho, como bien dices, como esclavos. Por eso ofrecen cosas para que las compres y te creas que con ello tendrán la felicidad que buscas. Al rato de tas cuenta de que es un engaño, pero te ofrecen más y más cosas, vuelves a caer en la trampa, a comprar más y más, pero sin encontrar la felicidad, sólo un simulacro de un corto espacio, al final tienes trastos inútiles con los que te pensabas tener la felicidad y no la has obtenido. Control de masas.


Calimero se estaba dando cuenta de que su cuerpo iba creciendo, pero si mente seguía siendo la de aquél niño que decidió desaparecer, aunque fuera con su mente, de donde no se le veía. Sabía que un día tendría que volver, pero no tenía prisa, ahora era feliz descubriendo un nuevo universo, sabía que si volvía intentarían quitarle las alas, las aletas, incluso la imaginación y su pensamiento. Harían todo lo imposible para encerarlo en el mundo de los esclavos, incluso, si no lo conseguían lo encerrarían en un manicomio de por vida.


No quería la vida de Peter Pan, pero tampoco la vida de esclavo que le tenían preparado en un mundo totalmente absurdo y que la absurdidad iba aumentando cada vez que uno iba respirando.


El anciano: Te voy a dar una pócima, que no te hace falta, pero tendrás un hermoso sueño en tu descanso, te ayudará a decidir lo que tengas que hacer.


Mordazas: ¡Ten cuidado, eso es una trampa! Gritó desde lejos. Eso le hizo reaccionar a Calimero. Se negó a tomar la pócima. Ambos decidieron volverse luz de nuevo, seguir atravesando al corteza de la luna, hasta llegar al otro lado. En una de tantas cuevas que atravesaron, vieron como la gente se estaba matando, guerras y más guerras, todo tipo de armas, países invadiendo países, robándoles todos sus bienes, quedándose sus tierras, la sangre como si fueran ríos, corriendo por el suelo hasta formar surcos y convertirlos en ríos. Se miraron ambos, al unisono salió la palabra “absurdo”.


Estuvieron un rato más mirando hasta que se dieron cuenta de que no quedaba nadie vivo, ni tan siquiera el río era de sangre, pero había quedado todo desierto, pero sí habían empezado a nacer brotes de hierba verde, el río se tornó de agua limpia y cristalina, todo crecía muy rápido. Pronto aparecieron todo tipo de animales, curiosamente, no se veían humanos entre ellos. La paz y la armonía entre todos, se sentía, se escuchaba la música del agua al correr sobre las piedras, incluso, se veía una cascada a lo lejos donde caía toda sobre un lago, hermoso...


Mordazas se sentía feliz de ver como ese lugar había recobrado su cordura, Calimero lo miraba, ahora sus colores eran más vistosos, brillantes, sentía felicidad en ese lugar, pero temía que volviera a ser como lo que habían vivido hacía unos momentos.


Tango que volver, pensó Calimero, aunque sea una misión imposible tengo que enseñar cordura a todo el planeta Tierra, aunque de loco me traten, Mordazas, que escuchaba sus pensamientos, se puso por un momento triste, pero al momento volvió su sonrisa, como la de antes, ambos se sonrieron, sin palabras. Volvieron a ser luz, Mordazas volvió a su mar en el gran lago del centro de la luna, Calimero, volvió a la Tierra.


Se despertó en un lugar de paredes blancas, cuerpo de adulto, ya no era el niño de antes, pero su sonrisa y cara de felicidad, esas arrugas que salen de tanto reír., gente vestida de enfermeros, médicos, otra gente hablando solos por los pasillos, gritando, chillando...


Se le ocurrió preguntar donde estaba al primero que encontró, le dijo que llevaba muchos años encerrado en ese manicomio, siempre actuaba como si fuera un niño pequeño, la gente lo escuchaba con atención, sobretodo cuando contaba sus viajes, sus vuelos, esos paisajes que conocía...


Toni Oliver



domingo, 24 de noviembre de 2024

Me palpita el corazón

Me palpita el corazón

Me palpita el corazón
cada vez que en ti pienso
hasta el cerebro se pone de acuerdo
en sentir toda la pasión.

Raro, muy raro
eso de que ambos vayan al unisono
cuando siempre se están peleando...
Algo hay aquí que no entiendo.

¿Qué estarán tramando?

Poco importa esto
me siento en el cielo
como un loco volando
entre esas nubes de algodón.

Suaves, tiernas en mis pensamientos
en ellas me estoy regodeando
ese mundo mágico
donde me duermo,a la vez estoy despierto.

Bajar a la dura tierra no quiero
quizás sea cierto
quizás ilusión
qué más da, lo estoy viviendo.

No quiero despertar, si es que duermo y sueño
prefiero seguir flotando mientras dure este vuelo
agitando las alas de mi pensamiento 
entre aleteo y aleteo, planeo.

El corazón sigue palpitando
el cerebro fluyendo
magia, paraíso
la vida siempre me va sorprendiendo.

Toni Oliver



sábado, 23 de noviembre de 2024

La cima de la colina



La cima de la colina




Estaba la noche oscura, la luna brillaba por su ausencia, elsilencio roto por el maullido de los gatos encelo, dando laimpresión de que un ejército de niños estaba llorando.

Escondido tras lo viejos muros de un antiguo monasterio, sintejado, acurrucado en una esquina para aprovechar la defensan de los dos muros que la formaban, tanto para defenderme delfrío nocturno, como de alimañas, tapado con unas viejas tablas, que seguro pertenecieron a alguna puerta por el tiempo, sus inclemencias y, porque no decirlo, del salvajismo humano quedestruye todo por allá donde pasa, la noche, era fría, helada, estaba conteniendo el tembleque del cuerpo y el de los dientes que tenían la intención de armar un concierto de percusiónentre ellos, calentándome las manos con el aliento y colocarlasde nuevo en los bolsillos para mantener un poco el calor.

Arriba, cada vez que miraba, al no poder cerrar los ojos yrelajarlos, se veía un bonito espectáculo de estrellas, lasgalaxias, todo el firmamento, como pocas veces había visto. Enlas ciudades esas cosas apenas se ven, algunas estrellas y poco más.

Ante mí, unos ojos muy juntos, seguramente de alguna rata sese pasea por entre las ruinas buscando algo que levarse al estómago, le acompañaban otros pares, cogí una de las tablas y la lancé hacia ellos, desaparecieron, por lo menos por un rato.

Se escucharon ruidos de caballerizas, el golpear de las ruedasmetálicas sobre las piedras del camino, los cascos de loscaballos herrados, algunas voces a lo lejos. Se iban acercandopoco a poco, minúsculas lámparas se acercaban, si bien másparecían luciérnagas en la distancia.

Se pararon los ruidos de las llantas y de los cascos, unos fuertesgolpes en la puerta, una voz de hombre gritando ¡Abran en nombre del Conde!

Desde dentro del monasterio, un fraile, apresurado hacia la puerta, mira por la mirilla, abre. Lo apartan a un lado, entrando los soldados con un joven medio desnudo, las manos atadas ala espalda, de un tirón le arrancan los pocos harapos, se ven las marcas por todo el cuerpo, golpes, moratones, otras largas y
finas, como de un látigo o alguna vara, abiertas las heridas, banquete de las moscas.

Piden que se de comida a los soldados y a los caballos, llevándolos a los establos. También que se llame al fraile herrero para que haga un collar de hierro, unas esposas y una tobilleras con cadenas para el preso.

Se le ocurrió pedir un poco de agua, llevándose una patada en la boca, ésta quedó sangrando. El que comandaba los soldados, tenía ganas de divertirse, lo mandó atar, arrodillado, los brazos
bien atados a las columnas.

Lo mira con desprecio y burla, le escupe en toda la cara, actoseguido, una buena patada en la entre pierna.

Manda sacar agua del pozo, bebe del cubo y la que sobra se la va tirando poco a poco encima de la cabeza, al intentar beber de lo que le echaba, con la mano le tapa la nariz y la boca, intentando retorcerse para liberarse de esa mano y poder respirar un poco, al ver como se retorcía, se divirtió un poco más sin dejarlo respirar, si bien le dejaba tomar alguna minúscula bocanada.

Ahí lo dejaron toda la noche, mientras la escarcha se iba colocando sobre las plantas y la piel del joven, desde lejos se le escuchaba el tiritar de los dientes, sus lloros, todo para divertimento de los que le vigilaban.

Al amanecer, el herrero ya tenía hecho el collar, las esposas y las tobilleras, en las primeras luces, se las fue colocando, remachando bien los cierres, en ellos había colocado una cadena gruesa, la del cuello sujetaba las manos por la espalda, la de los pies tenía una separación de unos 50 cm para que
pudiera andar, pero le ataba también con otra cadena a las manos. Así cuando con las manos tiraba hacia abajo, el collar le hacía levantar la cabeza, y si lo hacía hacia arriba, tiraba de los tobillos.
Después de darle unos buenos tirones en todas las cadenas, llagando los tobillos, el cuello y las muñecas, ni se molestaron en vestirlo, lo llevaron hasta la carreta, lo tiraron como un saco de patatas. 
Mientras, dos soldados le vigilaban, de paso, también se divertían torturándolo y humillándolo Seguía escuchando el maullido de los gatos en celo, abrí los ojos, con las primeras luces volví a ver las ruinas que había dejado al acurrucarme en el rincón, respiré tranquilo, pero me quedó la duda sobre lo que vi, era tan real que no parecía un sueño.

Me levanté, al intentar agarrarme a una de las tablas para levantarme, me di cuenta de que no estaban donde las había  dejado, ni tan siquiera la que había lanzado a los ratones, o lo que fuesen que me miraban anoche.

Me acerqué al portal, bueno, lo que quedaba, ahí estaban las tablas, todas. Salí fuera, las piedras estaban marcadas por las llantas de las ruedas de las carretas y por los cascos de los caballos, curiosamente, no recuerdo que al haber subido a ese convento haber visto marca alguna.

Volví hacia a dentro del convento, en el suelo, unas telas, como de saco, de esas ásperas, rotas, llenas de sangre, parecía las que llevaba el joven cuando entró y estaban justo ahí donde se las arrancaron.

En el patio, curiosamente, no las había visto antes, dos cuerdas que seguían atadas a dos columnas.
Busqué por donde pensaba que podían estar los establos, entre los escombros vi los pesebres, miré dentro, había paja fresca y algún resto de grano, imposible que un caballo pudiese comer entre tantos escombros, se rompería las patas antes de llegar a los pesebres.

Al lado vi una fragua, delante de ella un yunque, sin polvo alguno, como si lo hubiesen recién usado, aparté un poco del carbón de la fragua, debajo estaba todavía caliente. 

Mi cuerpo estaba peleando entre salir corriendo de ahí dentro, tenía toda la piel erizada y el frío de la escarcha todavía no desaparecía con el tímido sol que intentaba abrirse camino hacia el día, me tenía temblando.

Necesitaba un buen café y desayunar algo, bajar al pueblo e intentar asimilar lo pasado esta noche.
Había subido la noche anterior, necesitaba encontrarme solo, conmigo mismo, mis pensamientos, olvidar esos momentos de mierda que a veces se instalan en nuestras cabezas. A veces, la soledad y las estrellas ayudan a reflexionar, la intención era estar un rato ahí arriba, en el monte, que encima tiene los restos de ese convento. Como a todos los niños, aunque ya tan niño no era, me encantaba perderme entre las ruinas, siempre había algo nuevo que descubrir. Otras veces había subido de noche, pero era en verano y se estaba mejor fuera de las ruinas, la vista de las estrellas es preciosa, ahí no llega la contaminación lumínica, es todo un regalo para los sentidos, sobre todo los días claros, sin luna, los días de luna llena también tienen su encanto, es más brillante, más guapa que vista desde la cuidad.

Mientras bajaba por el camino, seguían las marcas sobre las piedras, las ramas de las orillas rotas, pisoteadas, cuando subí no estaban así, las ramas invadían casi todo el camino, tenías que sortearlas para que no se engancharan con la ropa o te arañaren la piel. Todo me parecía cada vez más extraño.
Ya se vislumbraba el pueblo, mi estómago rugía, mi nariz quería a oler a café, pero todavía no alcanzaba a percibirlo.

La gente corriendo de un lado hacia otro, a veces parecía que mno tenían ni idea hacia adonde iban, todos con cara de dormidos, cabreados, ni tan siquiera una minúscula sonrisa se vislumbraba ni por error. Ahora ya no eran mis demonios los que me asaltaban, sino los males de una sociedad que sólo
anhela dinero para ser feliz, pierde su salud para conseguirlo, lo que le queda se lo gasta en médicos, al final, toda una vida luchando, sin disfrutar de la vida, intentando acumular un dinero, cayendo en la trampa mortal que la misma sociedad te monta y te hace creer que cuanto más tengas más feliz serás,
hace que te endeudes al punto en que si vivieras siete veces no  llegarías a pagar lo que te estás gastando. Basta ver ese espectáculo matutino, todo el mundo cabizbajo hacia sus trabajos, con prisas para no llegar a ninguna parte, las calles atascadas, cuando no es por un accidente, es por obras, o sino
por otro motivo sin clasificar.  Trabajas deprisa, corriendo, luego te regañan porque algo has
hecho mal, pero te siguen achuchando para que sigas corriendo, un sin sentido, lo que cobras no te basta ni para pagar el alquiler, lo de comer... Mejor en eso no pensamos, ya no alcanza.

La televisión te inculca que tienes que comprar y comprar, no importa si te hace falta, la imposición dice que “sí te hace falta para ser feliz”, y tú, te miras al espejo y te asemejas a un hámster en la rueda dando vueltas y vueltas sin ir a ningún lado, con la diferencia, el hámster tiene la comida asegurada, tú
tienes que trabajar como un condenado para su comida y para la tuya. Y para hacerlo más real, que lo es, te venden que tienes que estar en forma, tienes que ir al gimnasio, entras y sí te ves como esa rata, si bien no dando vueltas, en una cinta que si da vueltas donde tu caminas y caminas sin llegar a ninguna parte, y, por si fuera poco, luego toca bicicleta estática donde haces kilómetros y más kilómetros para, tampoco, llegar a ninguna parte. Curiosamente, esos michelines cada vez se parecen a el muñequito que llevaban de mascota sobre las cabinas de los camiones haciendo publicidad de la marca de neumáticos.

Por fin se divisa una cafetería donde desayunar un buen café y algo sólido que lo acompañe. Pido un café con leche, unas tostadas con tomate, el periódico, tengo que mirar la sección de empleo para ver si hay algún anuncio que me resulte interesante. Paso las hojas, sólo peleas entre políticos, si fueran cuerpo a cuerpo estaríamos como en el Coliseo Romano, viendo a los gladiadores como se descuartizaban sobre la arena, ahora se descuartizan verbalmente, no por su trabajo político, que también, sino intentando humillar al contrincante, mucha verborrea, sin clase alguna y contradiciéndose día a día, todo para conservar su sillón y si se puede arrebatarlo al otro, pero sin aportar nada
interesante ni nuevo. Unos que quieren mantener los estatus de los explotadores, el capital de las grandes empresas, los bancos sin dejar que se cambie el estatus de los esclavos, perdón, debería decir trabajadores. No pueden soportar que alguien pueda tener un empleo digno y que le basta para llegar al final de más con una vida, digamos, digna, aunque no tenga grandes lujos. Los otros, otra gran mayoría, lo mismo que los anteriores, pero con la diferencia de que si quieren el sillón tienen que hacer un poco de caso a los que dicen que hay que mejorar la vida a los trabajadores y a las pequeñas y medianas
empresas, por lo menos hacen un poco de paripé, meneando la perdiz para dejarlo todo casi igual.
Luego las páginas de deportes montando el circo diario para evitar que la gente piense en lo importante y en la realidad que se está viviendo.

En las páginas de empleo, prácticamente nada de nada, quieren un especialista en todo pagándote una miseria y unas condiciones de trabajo cada día peores. En lugar de avanzar, retrocedemos a la Edad Media, por lo menos. 

Ya, con más fuerzas, un poco más despierto, tras el café y las tostadas, en vista que no hay nada mucho mejor que hacer, salvo gastar y gastar dinero, he decidido, ir a descansar un poco y repetir la noche en el monasterio, esta vez algo más preparado, más ropa de abrigo, incluso algo para comer y beber durante la noche. Según la previsión del tiempo, va a estar despejado, por lo menos un buen espectáculo de estrellas está asegurado. Lo demás, ni quiero pensarlo, sólo de eso ya se me eriza a piel, pero hay que vencer el miedo, si ha sido sólo un sueño que ha dejado pruebas misteriosas o alguna visión fuera de lo normal de algún suceso anterior, vete a saber de qué año.

Hay un poco más de media hora andando hasta la cima, así que un poco antes del atardecer emprenderé otra vez el ascenso. Mientras voy buscando algo de ropa de abrigo, una linterna y algo para poder comer y beber. Ya más descansado, va siendo hora de que vuelva a subir al monasterio, a ver como se presenta la noche, en la calle sigue la gente con sus idas y venidas, sus prisas para no ir a ninguna parte, hasta que por fin salgo de la ciudad, tomando el camino que sube a las ruinas, tal como voy avanzando se ven todavía los restos de la maleza destrozada, las rozaduras frescas sobre las piedras, tal como lo había dejado por la mañana.

La tarde estaba serena, el sol intentando encontrar el camino para su puesta, detrás de las montañas, un atardecer precioso, con todos esos colores anaranjados y sus extrañas formas al mezclarse y teñir las pocas nubes de ese naranja especial, tirando a rojo, paré un momento, los atardeceres siempre son
un gran espectáculo, una mezcla entre la nostalgia de perder el día y la incertidumbre que nos da la oscuridad, miedos inculcados desde pequeños, el hombre del saco, gente violenta, asaltantes, en cada sitio su monstruo preferido, para infundir ese miedo irracional, quizás deberíamos pensar en como
invertir eso y en lugar de inculcarnos el miedo nos tendrían que  inculcar el saber enfrentar las dificultades en esa oscuridad. 

En fin, son sólo pensamientos y se quedan ahí, luego luego , poco hago para hacerlo realidad, además, todo el universo se pone en contra de que cambies las costumbres ancestrales, aunque sea para mejor o probar algo nuevo.

Luego nos quejamos de como los elementos de poder nos mantienen en el miedo, así, sometidos, sumisos y creyéndonos todas sus mentiras y patrañas y al que se rebele la vida se le amarga hasta que desaparece o abandona esas ideas “raras”.

Llego a las ruinas, todo sigue como lo había dejado, adecué un  poco el mismo rincón, esta vez ya con más abrigo para afrontar la noche, volver a disfrutar del espectáculo de las estrellas, prometía ser bueno también, como tantas otras noches. Me senté en el suelo, mejor dicho, sobre la esterilla que había traído, saqué algo de la mochila para comer, unas galletas, algo de fiambre y la botella de agua que casi siempre llevo cuando salgo de casa.

Mientras estaba cenando, un frío intenso, húmedo, se calaba en mlos huesos, de repente, salida de la nada una espesa niebla, en pocos segundos ya no se distinguían ni los muros, ni tan siquiera los restos del techo que había por los suelos, no era momento para volver, podría ser peligroso y perderme dentro
del bosque, mejor esperar a que se vaya.

Me abrigué bien, disponiéndome a pasar la noche en ese rincón, olvidé las estrellas, no se veía nada de nada, seguramente me dormí pronto, sólo recuerdo que me acurruqué y tapé lo más posible, la humedad hace que el frío sea mucho más intenso...

Una potente luz me está cegando, viene de arriba, el ruido parecía de un helicóptero, unas personas uniformadas, con linternas y pistolas, una voz que me ordena levantarme, no les  veo las caras, sólo sombras detrás de las linternas.

Intento levantarme, sin darme ni cuenta, me agarran de cada brazo y me levantan en volandas, me esposan las manos a la espalda, me llevan a un claro que hay cerca de las murallas, veo descender el helicóptero, me meten dentro sin miramientos, me dejan en el suelo tirado sobre el frío metal.

Noto como nos vamos elevando, nadie da explicaciones, como  mucho con las botas comprueban cada dos por tres que siga ahí tirado. Nadie habla, ni tan siquiera entre ellos. Llevamos ya bastante tiempo volando, para mí una eternidad, mil pensamientos, todo incierto.

Aterrizamos, dónde, ni idea, seguía la espesa niebla, una voz ¡Abajo! Y un tirón fuerte, agarrado por los dos brazos, los pies casi arrastrando, no me daba tiempo a seguir sus pasos, una puerta metálica, un portazo, un pasillo oscuro, tenues luces que intentan iluminarlo, lo justo par ano tropezar con los
obstáculos.

Una sala, también en penumbra, una mesa, dos sillas, me sientan en una de ellas, sigo con las manos esposadas a la espalda. Me dejan solo, un silencio atroz, sólo escucho mi respirar, los latidos de mi corazón, cada vez latiendo más fuerte, una vocecita en la cabeza diciéndome, tranquilo, calma, pero mi
mente ni puñetero caso le hacía, de cada momento más ideas y pensamientos extraños, vueltas y vueltas para intentar adivinar lo que estaba pasando, cuanto más tiempo pasaba, más desesperado.

No entendía nada, no había hecho nada, sólo había subido a ver las estrellas, que con la niebla, ni eso llegue a ver.

Desesperado, salió de mi boca un grito ¡Qué coños pasa, no entiendo nada! Retumbó en las paredes, como el eco retumbaba en mi cabeza, era como una pelota de esas que tanto botan al lanzarlas, daba en la pared, volvía a la cabeza y así repetidamente, no paraba. Mientras, en la sala, después de mi grito, silencio, nada de nada, sólo el pasar de un tiempo eterno, nadie entraba, nadie decía nada.

A mi desesperación, las ganas de orinar que me estaban  entrando, no había baño, sólo podía hacerlo ahí dentro, quería aguantar, estaba temblando, quizás de frío, de miedo, todo junto... Acabé orinándome encima, seguía con las manos en la espalda esposadas, es como si quisieran aumentar mi humillación viendo como lo hacía... 

Tras una eternidad, se abre la puerta metálica, entre alguien uniformado, cara tapada con un pasa montañas, todo de negro, lo poco que se vislumbraba.

Se sentó en la otra silla, encendió la lámpara enfocándola a mi cara, sólo veía la luz, nada más, estaba prácticamente cegado.

Él, seguía en silencio, intimidatorio, como haciendo que me desesperare, lo hacía, le estaba saliendo bien.

¿Por qué lo has hecho? Me pregunta, en todo suave. Se vuelve a quedar en silencio.

Ahora me cabeza dándole vueltas, a que se refiere, que quiere que le responda...

¿Qué he hecho el qué? Yo no he hecho nada, que yo sepa.

No hay respuesta, sigue en silencio, minutos interminables esperando una respuesta que no llega. 

Se levanta, despacio, sin prisa, empieza a dar vueltas por toda  la habitación rodeándome una y otra vez.

 Es como si quisiera ponerme todavía más nervioso, y le funciona, no voy a negarlo.

Sigue dando vueltas, sin acercarse, he perdido la noción del tiempo, ya no sé si es de día, de noche, ni qué hora es, simplemente ya no existe eso que llamamos tiempo, lo que hay es el miedo que ya llevo en el cuerpo, sus pasos retumban en mi cerebro. 

Se sienta de nuevo, como antes, callado, ni una palabra, no le veo la cara, pero siento que me mira, observa el más mínimo movimiento de mi cuerpo, mi rostro, mi respiración.

Se levanta, se acerca, me agarra del pecho, me levanta de la silla, me chilla preguntándome otra vez ¿Por qué lo has hecho?

Pregunto de nuevo, desesperado, ¿El qué?

Me suelta otra vez sobre la silla, ve el charco que había dejado, se le nota una sonrisa de oreja a oreja.
Sigue en silencio.

Empieza a dar vueltas lentamente por la habitación, vuelven a retumbar sus pasos en mi cerebro.

Se acerca a la puerta, abre, cierra sin dar portazo, se va.

Otra vez ahí solo, esperando el no sé qué.

Toda espera desespera, yo cada vez más desesperado y cada vez entendiendo menos todo lo que estaba pasando. Mi mente dándole vueltas a la pregunta, ¿Por qué lo has hecho? Sigue dando saltos ¿El qué?, una y otra vez. Es como si quisieran volverme loco, ya poco les falta. Y aunque una vocecita me dice, ¡Aguanta!, mi cabeza está a punto de estallar, lo peor, sin saber el porqué.

Los brazos y las manos, doloridas por el tiempo que llevo ,esposado con ellas a la espalda, poco a poco más insensibles a las órdenes de mi cerebro, los rugidos de mi estómago como los de una manada de ñus hambrienta en plena sabana, mi garganta reseca, al pasar la saliva por ella más se parece a una piel de lija que araña todo lo que se le acerca. Al cabo de un buen rato, se abre la puerta de nuevo, ponen dos platos de plástico sobre la mesa, uno con algo espeso, no identificado y otro que parecía agua, no me dio tiempo a verlo, volvió a salir y se apagaron todas las luces.

Me levanté de la silla, buscando con la nariz los platos, sobre todo el del agua, mi garganta me lo pedía a gritos, no me  veía, pero parecía un perro bebiendo, absorbiendo el agua que ahí había. Ya un poco más tranquilo, busqué el plato de la comida, estaba fría, era un puré insípido, imposible distinguir de que estaba hecho, también, como un perro, con el hocico metido dentro la comida, por llamarle algo.
Ahora, con la cara llena de comida, relamiéndome los labios y todo lo que alcanzaba la lengua, más bien poco, para ser más exactos.

Al rato, no sé qué habría en la comida o el agua, me encontré agotado, sin fuerzas, buscaba la silla con una de las piernas, no la encontraba, me apoyaba en la mesa con el pecho, no encontraba más apoyo, hasta que caí al suelo...

No sé el tiempo que pasó, sigo sin saber si es de día, de noche, ni la hora, sigue todo oscuro, pero noto las manos delante, sin bien seguían las esposas puestas, busqué la mesa o la silla para apoyarme, ahora ya tenía las manos, si bien limitadas, pero ya era algo de apoyo, encontré la pata de la mesa me agarro a ella para poder levantarme. Tanteando, busco la silla para sentarme, por lo menos que no se note tanto la humedad del suelo, creo que caí en mi propio orín, por lo menos a ello apestaba. Busqué sobre la mesa tanteando con las dos manos, no encontré nada, ni la lámpara, ni los platos.

Vuelta a empezar, la espera, de nuevo, se hacía interminable, silencio, oscuridad, la cabeza peleando entre el no pensar en nada y el pensar en todo, lo pasado, el posible futuro o desenlace, un sin fin de cosas que mejor se mantuvieran en silencio y quietecitas. Pero nada, seguían mis quimeras revolviendo todo, sobre todo, ¿Qué quieren de mí? ¿Qué es lo que dicen que he hecho? ¿Por qué yo? ¿Por qué tanta espera? Etc.

Se enciende la lucecita, se abra la puerta, entra otra vez ese  hombre, sigo sin verle la cara, todo de negro, como siempre, ha traído su silla, que no estaba, se sienta, coloca la lámpara, la enchufa con calma, no la había visto al entrar, la enciende y la enfoca otra vez a mi cara, cegándome de nuevo.

Empieza: Esta vez ya con el tono más alto. ¿Por qué lo hiciste, porqué lo mataste?

Pero si yo no hice nada, no sé de qué me habla, ahora me pregunta por qué lo maté. ¿A quién, cuándo, dónde? Noentiendo nada de nada.

Se toma su calma en contestar, otra vez silencio, espera. Al cabo de un interminable rato se levanta, empieza a dar vueltas por la estancia, alrededor de la mesa, por detrás mía, quedándose a veces parado justo detrás, sólo escuchaba su respirar pausado, seguía dando vueltas.

Yo ya ni le seguía con la mirada, esperaba que pasara por delante la mesa para verlo, la desesperación me superaba, el  miedo hasta me paralizaba, hasta el punto en que tiras la toalla, consigues pensar lo menos posible, aunque sin perder la guardia por lo que pudiera pasar. Ahora me cerebro simplemente estaba en estado de alarma, pero apenas pensaba.

La impotencia hacía que esperara, sin más, pocas alternativas me quedaban.

Al cabo de un rato, por fin, empezó a hablar algo, empezó diciendo: Lo pateaste por todo el cuerpo, le pusiste un collar de hierro, tobilleras y muñequeras de hierro, todo unido con cadenas, completamente desnudo, lo encontramos asfixiado justo detrás de las ruinas, las huellas encontradas son las de tus
deportivas y en el hierro sólo estaban las tuyas y las suyas.

Aquí me reventó la mente, ¿Cómo podía yo haber hecho esto, se estaba acurrucado en un rincón y muerto de miedo, además, pensaba haberlo soñado? De todo lo demás que cuenta, sigo sin entender nada, yo no he estrangulado a nadie, simplemente pasé la noche ahí.

Tal como lo pensaba, se lo contaba. Otra vez se quedó en silencio. Se levanta dándole una patada a la silla, lanzándola al otro lado de la habitación se acerca a mí, me agarra del cuello, me levanta, me lleva a la pared elevándome hasta que no tocaba el suelo, casi no podía respirar.

Me dice, cada vez apretando un poco más el cuello, “era uno de los nuestro, lo mataste, que te hizo para llegar a este punto, él estaba bien formado, era fuerte, ágil, pero tú le segaste la vida”. 

Ahora, con la respiración entrecortada, alcancé a decir, “te lo cuento, pero suelta mi cuello”.

Siguió apretándome contra la pared, esta vez bajándome un poco y aflojando para que pudiera respirar un poco, me lleva a la silla, deja que me siente. Intento recuperar un poco de aire, todavía me cuesta llenar los pulmones, sobre todo cuando al pasar por la garganta parece que me está quemando el aire que respiro.

Apagó la luz, salió de la habitación, al rato, esta vez poco, vino con un vaso de agua, me lo ofreció, ordenándome, con voz imperativa ¡Bebe!

Le conté todo el sueño, tal como yo lo recordaba, con pelos y señales, no sé si se lo creía o no, no articulaba palabra alguna, no gesticulaba, su cara, lo que se veía en la penumbra, tras su pasa montañas, es decir, sus ojos, ni parpadeaban, tras ese pasamontañas no se movía nada, ni un músculo se le notaba.
Cuando acabé, sin decirme nada de nada, salió de nuevo de la habitación, pocos minutos más tarde, apareció con otro vaso de magua, otra vez me ordenó ¡Bebe! No me lo pensé mucho, estaba seco después de contarlo todo lo que sabía.

Ahora empezaba a notar como me invadía todo el cansancio, los ojos se estaban volviendo pesados, se cerraban los párpados, noté como la silla desaparecía de debajo mis nalgas, ya no me ofrecían apoyo alguno...

Me despertó un sonido metálico, algo había caído cerca de mí, estaba oscuro, no veía lo que era. El sonido lejano, como de un helicóptero que se aleja, se escuchaba en el aire. Miré al cielo, se veía el firmamento, precioso, como cada vez que ahí subía. 

Noté que estaba sentado sobre algo húmedo, tanteé con las manos los que era, curiosamente, me dolían las muñecas, pero ya no llevaba las esposas, ahí volvió a darme un vuelco mi cabeza, mi mente, otra vez tampoco entendía nada, seguí palpando, los pantalones mojados, un charco debajo de ellos, palpo por los lados, encuentro la mochila, me acordé que llevaba una linterna dentro, la busqué, ahí estaba, la encendí, sorpresa para mí, seguía en las ruinas, en el mismo lugar, sin moverme, busque alrededor, recordaba el sonido metálico que me había despertado.

Se me volvió a erizar la piel, me invadió otra vez el miedo, me puse a temblar, no sé si de frío o por lo que acababa de ver. En el suelo, más o menos a medio metro de donde estaba, un collar de hierro, con un trozo de cadena, como el que vi que le pusieron al joven.

Quería cogerlo y verlo de cerca, tocarlo con las manos, pero  algo me lo impedía, se me cayó la linterna al suelo, mis brazos, manos, piernas, no respondían, por mucho que mi cerebro les dijera, “agarra eso y míralo de cerca”.

Me despertó el sol en el rostro, si bien se agradecía el poco calor que desprendía después de la fría noche. Miré al suelo, ahí seguía el collar de hierro, lo miré, me dije, ¡Déjalo!

Recordé que me quedaba algo de las galletas y el fiambre en la mochila, y sí, estaba ahí, comí un poco mientras veía lo que quedaba del amanecer. 

Seguí sin entender nada de todo lo pasado, fui a ver ese claro de al lado del monasterio a ver si podía aterrizar algún helicóptero. Salí de las ruinas, muchas pisadas de botas militares, decidí seguir las huellas, me llevaron a un claro, ahí en el centro, se acababan las huellas, miré por los alrededores,
no se veía nada más.

Pensé que podía haber sido una pesadilla, pero... ¿De dónde salió el collar, de dónde, de quienes todas esas pisadas, quienes eran, si es que eran...?

Preguntas y más preguntas, todas sin respuesta. Pensé si es que me estaba volviendo loco, algún tipo de locura que no conozco, alguna enfermedad de mi mente.                 
                   
¿O era acaso alguno de esos sucesos paranormales que a veces  uno lee o escucha hablar...?
Volví a las ruinas para recoger la mochila, ahí seguía ese collar, esa cadena enganchada, Otra vez la duda, lo dejo ahí o me lo ,llevo como recuerdo, estuve un rato, indeciso. Mi mente tampoco estaba para pensar mucho.

El sol empezaba a calentar, cosa que agradecía, pues, ya no sé si por lo pasado, el miedo, el frío o todo junto, estaba tiritando. Empecé a agacharme, mi mente me decía, déjalo, no lo recojas, no lo toques, por otro lado, otra vocecilla, agárralo, llévatelo, no lo dejes ahí, puede ser muy antiguo, lo puedes tener de
recuerdo o venderlo, aunque sea por el peso, algo te van a dar... 

Acabó en la mochila, decidí que era hora de bajar de ahí, tomar un descanso de las subidas a ese lugar, mi cabeza no estaba para tantas pesadillas, o lo que fuera, todo era demasiado extraño y mi mente no era capaz de asimilarlo.  

Necesitaba moverme, aunque fuera para calentarme, el sol ya no me bastaba. En las piedras del camino, seguían las marcas de las ruedas metálicas, las ramas por los suelos, como la tarde anterior, se veía la ciudad ya más cerca. Era hora de llegar a casa.

Me adentré en las calles de la ciudad, seguía caminando deprisa, necesitaba llegar, preparar la cafetera, tomar un buen mcafé y descansar, seguía agotado.

Tenía la sensación de que me estaban siguiendo... Pensé, “qué absurdo” “quien me va a seguir y para qué”.

De vez en cuando miraba hacia atrás, no veía a a nadie, pero esa sensación no me la quitaba de encima. Cambiaba de calle, sin ver a nadie, me imaginaba algunas sombras, mi parte consciente me decía no hay nadie, son tonterías tuyas. Mi inconsciente, que sí que te siguen.

De pronto, me agarran de los brazos, me aprisionan contra la pared, me esposan las manos a la espalda, de dos patadas me abran las piernas.

Empiezan a registrarme, primero todo el cuerpo, luego la mochila.

Yo preguntándome. ¿Qué buscan ahora? Lo anterior pensaba que era un sueño, una pesadilla, pero... Ahora estoy despierto,he bajado del convento... Quienes son esa gente, que siguebuscando en mi mochila.

La primera pregunta pronto tuvo respuesta: ¡Somos de la
policía secreta! Me enseñaron una placa, ponía policía, de todo lo demás que ahí hubiera no me acuerdo de nada.

El compañero exclama ¡Ahí lo tenemos, lleva el collar!

Me quedé frío, otra vez el collar en escena, mientras mi cabeza intentaba descifrar algo, una sirena, luces azules destellantes, dos policías de uniforme bajan rápido, abren la puerta trasera del coche, me meten dentro, se cierra la puerta.

Entramos en un aparcamiento subterráneo, ya sin sirenas. Se para el coche, se abre la puerta, me sacan como pueden, me empujan contra el coche, me quitan las esposas de una mano, me sacan la mochila, me colocan de nuevo las esposas.

Abren una puerta metálica, se cierra con un portazo, pasillos interminables, ascensor, no sé si hacia arriba o abajo, se abren las puertas, más pasillos interminables.

Otra puerta metálica, la abren, me meten dentro, se cierra, todo oscuro, otra vez mi cabeza dando vuelta, preguntas sin respuesta...

Toni Oliver





jueves, 21 de noviembre de 2024

Mi mente

Mi mente

Mi mente
retrocedió a tiempos pasados
al ver a los niños
columpiándose en unos columpios improvisados.

Sorteando las olas
en una playa indómita
donde la vegetación se funde con el agua 
con sus abrazos y caricias.

Colores diversos
como los secretos versos
silentes, que se crean en el cerebro
para un amor ignoto.

En la arena, las conchas
clavándose en los pies como navajas
eso sí, algo gastadas
crujiendo bajo los pies, esas delicadas plantas.

Un pino, olvidado en el tiempo
brazos fuertes como los de Sansón
una vieja cuerda, un tablón
unos nudos bien hechos.

Los niños soñaban
un columpio para ellos mientras el silencio callaba...
“Niño, deja de joder con la pelota”
“Niño, eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca”.

En cada vaivén un vuelo
un cielo de cara, a la espalda otro cielo
agarrados en las cuerdas, estaban en su trapecio
cumpliendo, por momentos, esa gran ilusión.

Ilusión de ser simplemente niño o niña
sin mas diversión que ser su propia esencia
no lo que las normas mandan
rebeldes con o sin causa.

Toni Oliver

Pintura de Cosme Andreu



Del suelo al cielo y viceversa

Del suelo al cielo y viceversa

Del cielo al suelo y viceversa
podría decir infierno
pero no, ese es el mismo suelo, irreverente
el cielo no es el lugar de los dioses
es donde reside la feliz mente.

En el suelo, esta Tierra
lugar escuela sonde no existen los colegios
ni lecciones con cátedra
esas lecciones son la vida misma
en base a ostias y glorias.

Las ostias, las que recibes
cuando de buena fe andas
buscando elevar tus sueños a esos cielos
a esas alturas de gloria, sube la mente, el ego
que luego el destino todo lo baja.

Qué gran maestro ese vaivén
manejando la montaña rusa de la vida
unas veces con vivas y sus loas
otras, en la bajada
hundiéndote en el lodo hasta el fondo.

De todo se aprende
de las victorias la fama
de la derrotas, una gran lección
buscando la mejora 
para la victoria en la próxima ocasión.

Duelen, ufff, no todo el mundo sabe cuanto
mas cuando se repiten una y otra vez
hasta llegar a la victoria
muchas subidas y bajadas
sólo es saber gestionarlas.

Me recuerda este libro
viejos recuerdos de antaño
cuando recién salido del cascarón
en un mundo nuevo me soltaron...
La selva indómita, pintada de cuento de Disney.

Toni Oliver

Dedicado a Pedro Contreras y su libro "Nunca quise ser cantante"





miércoles, 20 de noviembre de 2024

El lápiz

El lápiz

Estaba el lápiz, triste, aburrido, se le acercó una hoja de papel en blanco muy pálida, se afiló, se puso a dibujar una imagen bella. La hoja, al mirarse al espejo, se puso a llorar, su virginidad había perdido, ya no era blanca inmaculada. Vio pasar toda su corta vida ante el espejo. Se veía como se soñaba, pero nunca pensó que eso era para perder su inmaculada imagen de blanco.

Lo aceptó, se fueron el lápiz y la hoja dando un paseo cogidos de la invisible mano, el camino era pesado, angosto, cuesta arriba, lleno de baches, la hoja se puso de nuevo a llorar al ver como se manchaba de barro. El lápiz, asustado, la limpió, con todo el cariño que sabía dar, la dobló hasta formar un avión, cogió un poco de carrerilla, en el último impulso saltó sobre él, elevándose por los cielos, por encima de las montañas, los dos felices, aprovechando las fuerzas del viento, volaron y volaron más allá de los cielos, perdiéndose en el infinito espacio, divagando por los tiempos de los tiempos entre estrellas, sin acercarse demasiado, no sea que al mínimo intento se vayan quemando. Siguieron por si infinito viaje hacia las galaxias, acercándose cada vez más y más a ese mundo desconocido, del que tan poco sabemos...

Toni Oliver



martes, 19 de noviembre de 2024

Me abracé a un árbol

Me abracé a un árbol

Me abracé a un árbol, me apetecía. Era grande, frondoso, un tronco de una circunferencia que me venía justo alcanzar a tocarme los dedos cuando lo abrazaba. Pegué mi cuerpo a su tronco, mi cara rozando su corteza áspera. De momento no sentía nada, pero con el pasar de los minutos, empecé a sentir como su savia recorría todo ese tronco, cuasi silente, salvo un ligero zumbido, como el de un afluente, corriendo por sus venas.

Pasó un indefinido tiempo, me sentí parte de esa savia, recorriendo todas las ramas, sus hojas, hasta sus raíces, bien hundidas en la tierra. Me uní al micelio de esas profundidades, fundiéndome en esa gran masa de minúsculas raíces, hasta llegar al centro de la tierra. Unas puertas, grandes, infinitas, rojas, encendidas con sus llamas permanentes, no me infundían miedo, todo lo contrario, una infinita curiosidad por lo que habías tras ellas. Las empujé, se abrieron suavemente, no me quemé, no quemaban.

Encontré un gran espacio, lleno de libros conteniendo la sabiduría del universo, cuanto más por ahí me paseaba más sabiduría acumulaba, una sensación maravillosa, en nada se parecía a todo lo que en la superficie me habían enseñado, me di cuenta de la gran mentira en que vivíamos, todo era un engaño.

Seguí paseando y acumulando sabiduría, hasta llegar a otra puerta, también grande, no tenía llamas, estaba cálida. La abrí, un enorme mar, rodeado de montañas y playas aparecía ante mi vista, atravesé el umbral, adentrándome entres esas playas, arena fina, rodeada por  un lado de montañas con frondosa vegetación, al otro lado, el mar en calma, sus olas entrando de forma placentera y calma, susurrando a la fina arena sus secretos al tiempo que se acariciaban.

Me adentré en esas calmas aguas, templadas, agradables. Nadé hasta que la costa apenas se veía, me tumbé boca arriba, flotando. Mientras descansaba, noté unas manos que me acariciaban, no quería abrir los ojos, era una muy agradable sensación, pero extraña, me acordé que estaba en medio del mar, eso no era normal, abrí los ojos encontrándome con los suyos, acules, brillantes, hipnotizantes. Deslumbrado no alcancé a ver su cara, ni su cuerpo. Intenté con mis manos devolverle las caricias, se deslizó entre ellas, dándome vueltas alrededor, nadaba como si un pez fuera, pero con una enorme cabellera, a veces rubia, otras morena, peliroja, pensé que me estaba volviendo loco, no entendía nada.

Me cogió la mano, me arrastro hasta el fondo de las aguas, algo raro de nuevo pasaba, podía respirar bajo el agua. Me di cuenta de que era una sirena, cuerpo de pez, con sus escamas, por cierto, bajo los rayos de ese extraño sol, brillaban.

Me enamoré de esa sirena, sin nombre, mis palabras bajo el agua no sonaban, ella me hablaba con su mirada, me hipnotizaba.

Desperté con los rayos de sol que entraban por la ventana. Palpaba la cama por si ahí ella estaba, Nada, no había nadie ni nada, sólo las sábanas, como cada mañana.

Por las noches aparecía en sueños, me susurraba toda esa sabiduría que había en el infierno, recordándome todo lo que se me olvidó al despertar por la mañana. En mi mente pensaba, “lo tengo todo, pero sin ella no tengo nada”...

Toni Oliver



lunes, 18 de noviembre de 2024

Hoy no sé qué escribir

Hoy no sé que escribir

Hoy no sé que escribir
intento mirar al pasado
no lo encuentro
hacia el futuro
no lo hallo ni de lejos lo veo
miro mis pasos sin más tiempo
los pies en el suelo encuentro
mientras los pasos ando
miro atrás, todo ya es viejo
al mar miro el horizonte, muy lejos
cuanto más me acerco
lo veo igual de lejos.

Me quedo en silencio 
mirando al mar estoy
ese preciso, precioso y bello momento
viendo las olas, su vaivén, su sonido
mientras el corazón
del presente va marcando los pasos
sin pensar en nada más que seguir latiendo.

A la gente no le gusta el silencio 
a mi me encanta como compañero
me deja escuchar la vida, los pájaros
hasta el nadar de los peces si bien escucho
la brisa sobre mi piel escucho y siento
su sabor salado saboreo
a pequeñas micro gotas puesto.

Este silencio, mi compañero
me habla dejándome escuchar mis pensamientos
emborronados por el diario jaleo
ahora, claros, nítidos
no interrumpidos por el ruido.
Cierro los ojos, todo se ve más claro
abriendo la caja mística de la imaginación.

Mis adentros siento
escuchando los susurros del corazón
olvidando la lógica del cerebro
a veces con él disociado
el cerebro no entiendo de intuición
el corazón no entiende ni de lógica ni razón.

Y sigo sin saber que escribir hoy...

Toni Oliver



domingo, 17 de noviembre de 2024

Frágil alma

Frágil alma 

Frágil alma 
dónde vas tan cargada
peso de acero y chatarra
armadura de mil latas
ojos de perlas falsas
hechos con culos de botellas
en sus tiempos llenas de lágrimas
también falsas
no sea que se note la falsedad de tu alma.

Miedo a las cosas inventadas
por mentes perversas
que en tu cabeza
silenciosamente calan.

Te vas formando cada vez más duras corazas
para que no se atrevan a agujerearlas
te olvidaste que estás encerrada
también de la clave para eliminarlas...

De tus pensares esas latas
barreras infinitas
encerrando los miedos a ser descubierta
he ahí todos los traumas
no te acuerdas que hay dentro de esa hojalata.

La clave es, te lo recuerdo, soltar toda esa chatarra.

Toni Oliver

Pintura de Asunción González

Jibaro -120×90cm
Cuanto mayor es la armadura, más frágil es el ser que la habita...



Soñé que soñaba

Soñé que soñaba

Soñé que soñaba
sueño o pesadilla 
a descifrar mi mente no alcanza.

Encadenado de pies y manos estaba
arrestado por la policía
de un reino sin palabras válidas.

Sobre el carbón encendido de la fragua
pusieron los eslabones que me ataban
de color rojo vivo tornaban.

Su calor recorría esas cadenas
mi cuerpo poco a poco alcanzaban
miedo, pánico, horror, o nada.

El cuerpo se consumía
cuanto más al fuego se soplaba
poco a poco no quedó nada.

Sólo cenizas de un cuerpo sin alma 
mi esencia en el aire flotaba
como cual fantasma fuera.

Veía la escena
el carbón hecho de mentes oscuras
el viendo que lo soplaba mentiras eran.

Dañinas las palabras
como veneno lanzadas
el viento enferman, contagian.

Me vi en esencia
sin cuerpo ni tapujos, ropas
me acordé la gran mentira.

Grande, muy grande, es y era
ese mundo es una gran farsa
sólo actores en escena.

Se evaporan al abandonar esa carcasa
como el fuego tornado cenizas
las esencias toman otras formas...

De las que no sabemos nada.

Toni Oliver



sábado, 16 de noviembre de 2024

Quise despertar de mi ignorancia

Quise despertar de mi ignorancia

Quise despertar de mi ignorancia
pagando más y más maestros para mi enseñanza
cuanto más aprendía, más ignorante me volvía
algo había que no entendía.

Seguí investigando, ya sin maestros, no me fiaba
descubriendo una sarta de mentiras
por repetición se volvían en realidad cotidiana
dejando la auténtica verdad ignorada.

Intenté encontrar esa verdad
pero por más que buscaba no hallaba
cuando pensaba que la encontraba
al abrazarla me di cuenta de otra gran mentira.

No me quería desanimar
pero ya de nada me fiaba
nadie la sabía aunque lo pensaran
simplemente eran mentiras inculcadas.

Ya con el tiempo, con las fuerzas en decadencia
dejé de pensar en la verdad conocida
buscando otras alternativas
fuera de las verdades normativas.

Ahí, una gran maraña
entre el todo y la nada
como el gato que juega
con el hilo de la magia.

Donde todo y todos somos uno, cosa mágica
todo lo que vemos, otra ilusión que nos engaña
sólo el espejo nos enseña
si somos uno, el de enfrente es nuestra imagen y semejanza.

Por momentos todo se lía
ya no entiendo nada
siendo la nada el todo, la vida
y la muerte otra gran mentira.

Toni Oliver



viernes, 15 de noviembre de 2024

La caverna de los antepasados

La caverna de los antepasados

La caverna de los antepasados
mundo atrapado entre las redes
donde se atrapan los sueños
las imposiciones sin sentido
cargadas de miedo
generación tras generación
se van inculcando esos pensamientos
en la telaraña del tiempo
donde todo y nada existe 
segando las raíces del raciocinio
incapaces de descifrar el camino
si no está delimitado por altos muros
caminando en ellos como borregos...

En las paredes de la caverna
adornadas de misterio 
mentiras, verdades
confundidas entre los delirios
contadas de un inexistente pasado
sólo inventado para mantener el ego
para que se idolatre todo lo falso.

Se convierten las estalactitas en espadas
las estalagmitas en estandartes con punta de lanza
la luz del sol olvidada
murciélagos del averno
telarañas para que no se escapen los pensamientos
sin ser filtrados por las redes cada vez más estrechas.

Mentes tele dirigidas
grabadas de miedos interminables
formando las puertas de la caverna
a la salida el hondo precipicio
no sea cosa que se escapen
viendo la luz iluminando
alguna verdad escapada.

Toni Oliver



jueves, 14 de noviembre de 2024

Se escuchó el chirriar de la puerta

Se escuchó sólo el chirriar de la puerta

Se escuchó sólo el chirriar de la puerta, viajas maderas por el tiempo carcomidas, paredes destrozadas, haciendo malabarismos para aguantarse de pie, una encima de la otra, recordando esas guerras, ya olvidadas, jamás contadas. En su interior, infinitas historias, jamás contadas, un piano viejo, un esqueleto aguantando una vieja capa, roída por las ratas, testigos de esas historias. Tenía los dedos paralizados sobre las teclas, como si estuviera tocando.

Cerré los ojos en un pequeño lapsus, mis oídos empezaron a escuchar el piano, un sonido nítido, no quería abrir los ojos, la música era perfecta, hasta movía mi cuerpo, como si no hubiera mañana. En fondo de mis seseras, una especie de Pepito Grillo, quería romper esa maravilla, diciéndome que no puedo bailar con los ojos cerrados sobre los escombros, por otro lado, yo no los notaba,seguí bailando al son de la música, a mi ritmo, seguía sin ver nada, solamente sentía.

Al rato, se escucharon voces, masculinas, femeninas, formando una algarabía tras el telón de mis ojos, me resistía a mirar, aunque no sabía si soñaba o dormía, temía romper esa magia al abrirlos.

Al final, los abrí, el salón estaba completamente lleno, me sentía invisible, como si nadie notara mi presencia, sólo observaba, me acerqué al piano, ahí estaba el esqueleto, su capa, moviéndose sobre las teclas, de su calavera salía una voz profunda cantando al son de la música. Sobre los escombros una pista de baile improvisada, todos bailando, agarrados, unos con arte de bailarín, otros besándose, como en los bailes antiguos, agarrados, mejilla con mejilla, abrazados, jugando con las manos, tanteando a la pareja... Cada vez se les veía más jóvenes, jovenzuelos con la pasión desesperada... Quien sabe todos los pensamientos que ahí se cocinaban, Si fuera Roma, acababa todo en una bacanal romana.

Cerré los ojos de nuevo, se hizo el silencio, la oscuridad reinaba, por donde antes era techo, ahora asomaba sonriente la luna, como si de mi se burlara, un ojo me guiñaba... Salí fuera para mejor verla, la tormenta empezaba, ni luna ni nada, sólo el sonido de la tormenta, con sus rayos, truenos y la lluvia cayendo sobre las ruinas. Me estaba calando la ropa, era verano, pero el agua estaba helada... 

Es hora de volver para casa... Me acabo de acordar que casa ya no me queda, que entré en esas ruinas buscando refugio, algún lugar a cubierto donde pasar la noche... No sé que me pasa, pierdo la memoria, veo cosas raras.

Me estoy volviendo loco o es la propia locura la que me guía haciéndome ver cosas raras, o es el mundo, sus gentes, la vida que todo junto son cosas raras...

Toni Oliver



Crece la sabiduría

Crece la sabiduría

Crece la sabiduría acumulada
acabando en la estantería
por los años polvorienta
no aparece en las pantallas.

Todo el mundo sabe leer
se olvidaron de comprender
la comprensión olvidada
sabiduría inutilizada.

Se cambió el saber
para alabar la ignorancia
riendo las gracias
de los sin gracia.

La gente escribe y escribe
no hay lectores
iba a decir para tantos escritos
pero no los hay para nada.

Y ahí entran nuestros gobernantes
no los de Derecho, sino los de facto
esos a los que nadie a votado
aumentando la enseñanza para ser esclavo.

Nunca tuvimos tanto
todo a nuestro alcance
nuestra vente es vaga
lo quiere todo trillado...

Ahí la gran trampa
de tanto “saber”...
El cerebro han manipulado
vacío lo han dejado.

Una grabadora
cantando como el loro
sin saber interpretar lo grabado
mucho ruido y pocas nueces.

Algunas excepciones van quedando
poco a poco van aumentando...

Toni Oliver



miércoles, 13 de noviembre de 2024

Ya, de madrugada

Ya de madrugada

Ya, de madrugada, me acuerdo del atardecer lluvioso, incesante, ahora, viendo como el sol se levanta. Embelese ese lindo amanecer, soleado, algunas nubes están asomando. Nubes a las que se le añaden esos angelitos negros, amenazando lluvia de nuevo, ¿Qué digo, amenazando? Cuando debería decir que nos ofrece el bello regalo de la necesaria y querida lluvia, tras el seco verano en que los lagos, las fuentes, los ríos se han secado.

Tal vez... Y si dejáramos de quejarnos por todo y disfrutamos de lo que tenemos en el justo momento en que estamos respirando, viviendo, sintiendo ese preciso y precioso instante, en lugar de pensar en los pasados y los futuros, ambos inexistentes, unos ya pasaron otros nunca llegarán, mucho menos como los estamos planeando.

Nos olvidamos de vivir el presente mientras nos refugiamos en la farsa del pasado y el futuro, dejando de disfrutar ese precioso presente, el único existente.

Toni Oliver




martes, 12 de noviembre de 2024

Encerrada

Encerrada

Encerrada 
en la cárcel de mis pensamientos
en mis labios el filo de la navaja
mi mirada al infinito
sin decidir nada.

Vuelan los barrotes
como si fueran espadas
se baten en una pelea de esgrima
escuchándose los golpes en sus aceros
avisos de campanillas.

Tormenta de rayos y truenos
unas pupilas giratorias
siguiendo los movimientos
de cada inútil pensamiento 
pasados, futuros...

En el presente no me hallo
sólo en la incertidumbre en el adverso
hasta que aparece el silencio
entre la algarabía del universo
campanillas de viento.

Colgada de las lianas
intentando subir al cielo
el suelo cada vez más lejos
al igual que el inalcanzable extremo
aunque el suelo esté a dos palmos...

Toni Oliver



A veces me pregunto

A veces me pregunto

A veces me pregunto
si ese cachito de corazón
que en los poemas pongo
con la tinta del tintero
en forma de garabatos
pensamientos abstractos
si cala en algún corazón desconocido 
en el espacio infinito...

O por el contrario
pasa como un cometa en el cielo
perdiéndose en ese espacio ignoto
no quedando ni en los recuerdos
quedando en el mundo del olvido
vagando como un alma en el vacío
donde la nada es el todo
y el todo un recoveco en ningún sitio.

Toni Oliver



lunes, 11 de noviembre de 2024

Quise amar a la rosa

Quise amar a la rosa

Quise amar a la rosa
con la fuerza del amor 
que estaba buscando
me pinchó con descaro
me quedé sangrando.

Miré al cielo
vi las nubes volando
libres, al son del viento
siendo sin ser algo
entre la nada y el todo.

La sangre corría en mi dedo
tras el fuerte pinchazo
llegando ésta a bañar el suelo
de rojo tiñiéndolo
este amor me está doliendo.

Arde como el fuego
si ni siquiera le he dado un beso
sólo quería acariciar sus pétalos
rojos aterciopelados.
¡Son tan bellos!

Me quedé pensando
qué lección me está dando
¿Acaso me está diciendo?
Duele el amor
y no te has enterado.

Un mudo eco en mi pecho
insonoro, callado
herido mi corazón
al tiempo aliviado
llamas del amor envenenado.

Elijo seguir buscando
la libertad del infinito
sin barrotes de pensamientos
simplemente, vivir el momento
como las nubes, volar con el viento

Toni Oliver



Me puse a mirar el cielo

Me puse a mirar al cielo

Me puse a mirar al cielo, aparecieron las nubes, los pájaros con su trino ponían la música, mientras en el azul escenario, un escuadrón de nubes blancas y negras iban tomando formas diversas. Como por arte de magia, apareció un perro peludo, sonriente, blanco, cara de travieso, persiguiendo a la Parca que se había olvidado la negra capa, atravesando los rayos de sol entre los orificios de la calavera, misteriosos haces de luz como ojos.

Una bola de pelo o algodón perseguida por una liebre saltando sin ton ni son, abría su boca mostrando sus dientes, convirtiéndose en un enorme pájaro, quizás un águila, tal vez un buitre en pleno vuelo, observando su próxima pieza...

Una gran ballena salida como si fuera un gusano de seda de su propio capullo, persiguiendo a la liebre con sus saltos, ambos, disolviéndose en el cielo como por arte de magia, dando paso a un león con sus fauces abiertas intentando sonreír, desmelenado, quieto, moviéndose arrastrado por el viento... Un gran barco atravesando el cielo, con su palo y las velas a todo trapo, hasta disolverse como si fuera un sueño....

Los pájaros seguían trinando, rompiendo el silencio de la tarde, fresca, esperando nuevos vientos y la lluvia que en un rato asomará, quien sabe como tormenta o simplemente como una bendición en esta larga sequía tres el seco verano...

Toni Oliver



Navegando por los mares cibernéticos

Navegando por los mares cibernéticos

Navegando por los mares cibernéticos
con afán de aprender algo nuevo
más allá de los tiempos
donde la Etiqueta existió
nadie chillaba, nadie chilló
eran normas de respeto.

Ahora, nuevos tiempos
atrapados en una red de tamaño permitido
las mallas han estrechado
para que no puedas decir ni pio
todas las letras pasan por ese filtro
como, en aquellos tiempos, el patio del colegio.

Cada día esas mallas más van estrechando
la censura de lo “perverso”...
¿Me pregunto, quién es el perverso?
El que censura o el censurado
el primero metiendo miedo
el segundo intentando evadirlo.

Me recuerda viejos tiempos
los del tiro en la nuca y al olvido
las cunetas, nido de gusanos
de la tierra, el abono
un humano compost fabricado
por seres descorazonados.

La verdad andamos buscando
en un río revuelto
de mentiras y barro
de esa vida el escenario
el pueblo común es el pescado 
el pescador, el resto, se los va embuchando.

Aves pescadoras en el cielo
todo lo que se mueve es atrapado
en esta red cibernética, sobretodo
que impide todo paso
las palabras van atrapando
hasta convertirlas en el olvido.

Toni Oliver