La farola
La calle estaba medio iluminada, la farola intentaba que su luz atravesara la espesa capa de niebla, la humedad, muy mala para su salud, jugando con sus conexiones, la hacía parpadear, una sensación extraña para un viandante como teniendo cuidado a no patinar sobre las piedras que formaban el pavimento, desgastadas ellas por el uso cotidiano de los temerosos caminantes, los carros con sus ruedas de acero, los coches con sus ruedas de goma, algunas más lisas que las mismas piedras. Algún murciélago en busca de alimento, escaso entre la niebla, los mosquitos esta noche no estaban dando vueltas alrededor de la farola, desaparecidos del sistema.
Pasé por debajo de la escasa luz que llegaba al suelo, de pronto, sin entender nada, me vi en los tiempos en que era niño, corriendo por las calles, saltando como si la gravedad no existiera, mi pelo rubio, rizado, al que se empeñaban en que lo llevara peinado, liso, aguantado con brillantina, pero... Eso era imposible, tal cual le ponías la brillantina ellos, los pelos, se revolvían sobre si mismos colocándose en su forma natural, a veces, le ponía laca, pero el efecto era el mismo, con el agravante de que no había forma de peinarlo, el peine se quedaba anclado en ese mar de pelos revueltos.
Me encontré de nuevo con la farola, salté para pasar de un lado al otro de ella, ahora me encuentro en el mundo de mis fantasías, donde volaba, sin alas, podía caminar aunque no hubiera suelo debajo de mis pies, ya no se trataba de gravedad, mis pies seguían andando en el vacío, sin caerme ni elevarme por los aires, para eso tenía que volar y lo hacía cuando me daba la gana, un juego divertido, en un mundo donde todo son imposiciones, normas y pocas alegrías, era una forma de desaparecer, aunque fuera por unos instantes del mundo real, o, quizás, no tan real, más bien una simulación de un estado de terror.
Otra vez debajo de la farola, la niebla persistente, las calles deslizantes por la poca adherencia y la humedad. Siguiendo el juego, esta vez me agarro de la farola, dándole vueltas, como si fuera una rueda sin fin, me suelto. Estoy navegando en un barquito de papel, el mar con un buen oleaje, subiendo y bajando entre y sobre las olas, solitario, como compañeros de viaje, el viento y la fuerte tormenta que le acompaña. El barco de papel no se mojaba, aguantaba como si fuera de madera o de acero, no tenía miedo, la única tripulación era yo mismo, la imaginaria vela ayudaba a capear el temporal, los delfines, caprichosos ellos, saltaban por encima del barquito, riéndose en cada salto, pero también, en cierta manera, me escoltaban, me hacían compañía.
Una luz extraña en medio del mar, pensaba que podría ser la luna, pero no, era la farola de nuevo, ahí estaba en medio de la niebla, la luz parpadeante, el suelo resbaladizo, mis piernas poco ágiles, mi bastón que ayudaba a que no me cayera, el moquillo que se estaba cayendo de mi nariz, mi sonrisa, que nunca me falta, calado por la humedad de esa niebla pegada a mi ropa, ya blanca, con esas gotitas imperceptibles que también entraban por los orificios nasales sin pedir permiso alguno, delante mía, el viejo portal de mi casa chorreando la humedad reinante y a ellas pegada.
Toni Oliver

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